VIAJE AL ARCHIPIÉLAGO MALAYO, de Alfred Russel Wallace


Entre 1854 y 1962 Wallace tuvo tiempo de ser un fino observador de las costumbres indígenas, y sensible como era a las formas de vida diferentes (y a enjuiciarlas según su imperial criterio), nunca es amargo con esos temas. Es ahí cuando sale a relucir su formación como ingeniero civil y su conocimiento del incipiente socialismo utópico. Además, ni la recurrente malaria puede con su entusiasmo. Ya en su época comprueba que muchas especies retroceden en sus hábitats naturales: en Malaca, por ejemplo, donde un quedaban rinocerontes y tigres, el elefante estaba ya en regresión. Describe Singapur, y en Borneo captura más de 2000 coleópteros diferentes. En Palembang (Sumatra) se instala en palafitos, y en la colonia portuguesa de Delli comprueba que 3 siglos de dominio portugués no ha mejorado la vida de los malayos para nada. Describe a los habitantes de Timor, la colonia holandesa de Macassar y al rajá de Goa y las cascadas del río Maros. Sufre terremotos que nos recuerdan los más recientes en la zona de Malaca y contempla el espectáculo de los geiseres, las fuentes termales y los volcanes de lodo.

En al archipiélago de Arús descubre que cuando los indígenas papús quieren vender pescado por la calle gritan ¡Chocolate! Así, como lo lees. En el poblado de Dorey, Nueva Guinea la malaria por fin le vence. Finalmente se hizo con 125.000 especímenes de los cuales 1000 eran nuevos. Su relato está dedicado a Darwin, a quien le propuso su modelo de evolución y selección natural, similar al suyo, por carta cuando éste ya llevaba tiempo pensándolo. Los dos publicaron sus razonamientos en el mismo año. Siguió publicándose su relato malayo regularmente hasta los años 20 del siglo XX. John Stuart Mill alabó el libro y Joseph Conrad lo utilizó para documentarse para Lord Jim.
Viaje archipiélago malayo, de Alfred Russel Wallace, en Editorial Espasa Calpe, año 2005. 163 páginas
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