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jueves, 20 de junio de 2024

SEPTOLOGIA, de Jon Fosse

SEPTOLOGIA, de Jon Fosse


Si hay un libro capaz de arrasar y reconstruir la experiencia lectora hasta un grado de excelencia inusual, gracias a elementos propios y muy personales de su autor, ese es Septologia. ¿Me ha impresionado? Esa es una sensación que de vez en cuando tengo la suerte de experimentar con los libros que elijo. Pero lo de Septologia va más allá. No es fácil de leer, algún editor, cuando lo empezó, pensaba que estaba mal escrito por motivos como los siguientes: se permite empezar frases y párrafos con la conjunción Y: "Y me veo de pie, mirando el cuadro con las dos rayas, una morada y una marrón, que se cruzan en el medio, un cuadro alargado, y veo que he trazado las rayas despacio y con un óleo espeso, y se ha corrido, y donde se cruzan la línea marrón y la morada el color ha producido una bella mezcla que corre hacia abajo y pienso que esto no es un cuadro, pero que al mismo tiempo el cuadro es como debe ser, está terminado, no cabe hacer más , pienso, y tengo que apartarlo, no quiero tenerlo más en el caballete, no quiero seguir mirándolo, pienso, y pienso que hoy es lunes y que tengo que dejar el cuadro con los otros cuadros en los que estoy trabajando, pero que aun no he terminado, los que tengo colocados con el bastidor hacia afuera entre la puerta de la alcoba y la de la entrada, debajo del gancho del que cuelga el bolso marrón de cuero, ese en el que guardo el lápiz y el cuaderno de bocetos... ". Hay muchísimas escenas que se repiten a lo largo de 788 páginas con ligeras pero esenciales variantes, y en un mismo párrafo repite muchas palabra y nombres: "Asle, Ales, dice, piensa..." Por no hablar de que no existe la puntuación. Para colmo habla muchas veces de su particular intimidad con Dios a la vez que nos abre la suya propia, pero tampoco es una monserga teológica sino la experiencia de una elección madura del personaje (como en tantas cosas de este libro, un detalle también autobiográfico: Fosse pasó de comunista a católico, aunque no parece que del modo político que tenemos los españoles, y de alcohólico a abstemio). Por tanto, con tanta audacia no es fácil que lectores acostumbrados a relatos de accion, de decisiones fatídicas, de sentimientos que van y vienen y se vuelven a ir, extremos, de narraciones sarcásticas o de más denuncia social, las personas que busquen esos argumentos y temas que venden porque son un valor seguro para conseguir editor, audiencia (y dinero) consigan acabar el libro. 

En este libro se cuentan varias historias, pero son historias comunes. Lo que se cuenta es, en esencia, la biografía del autor en primera persona, Asle, un pintor a pocos años de la jubilación, echale unos 55 años. Viudo, viviendo en un pueblo a orillas del mar al norte de Bergen, Noruega. Esas repeticiones de palabras consiguen fácilmente la musicalidad deseada en cada frase y a lo largo del párrafo. Los giros de argumentos, por estos motivos, también consiguen sorprender porque uno está a otra cosa, inmerso en ideas y sensaciones sin demasiadas sorpresas. Más bien todo fluye y evoluciona hasta conseguir una madurez de pensamientos al final del libro que están bien afianzados: Asle es un hombre con pocas certezas, muestra montones de dudas, él mismo dice que se cansa de pensar algunos temas, pero también vemos que es un hombre de una pieza. ¿Conserva verdades? Si, pero solo aquellas que le ayudan a vivir y expresar su emotividad, como al hablar de cuadros. Su vida real corre paralela a otra más intensa, más espiritual que sólo los recuerdos, lo vemos al experimentar a Ales, su esposa muerta, a su lado casi constantemente al final del libro. Y eso que toda la narración transcurre en pocos días. En fin, expresa pensamientos vitales, lo que va quedando con los años, revelados y poco complicados pero intensos.

Hasta cierto punto me ha recordado a Ulisses de J. Joyce en su virtuosismo narrativo. Pero creo que Fosse le supera en profundidad de la historia y en respeto al lector haciendo de ello una verdadera novela y no un juego de malabarismos. Ahí lo dejo, señor Joyce. Muchos se cuelgan la medalla de haber leído tu Ulises: así como hay muchos que fracasaron, son los que Ulises abandonó en el intento. A mi tambien me pasó, hasta que la última vez que lo retomé le cogí el sentido a todo, y me dio tanta rabia la historia que fui yo quien abandonó a Ulises. No merecía la pena seguir la otra mitad del libro. Ahí te quedas, Ulises; que a gusto me quedé rompiendo mitos impuestos.

Por ir de la parte al todo: hay un momento muy Dostoievski en el primer libro, donde el que el protagonista llamado Asle, en primera persona siempre, en medio de una nevada nocturna en Bergen (que aquí se llama mas noruegamente Bjorgvin), se encuentra en una de sus calles buscando una fonda con Bragge, el perro de su amigo, en brazos. Se detiene con una mujer solitaria con la que se cruzó. Un par de horas antes, calculo, se encontró a esa misma persona en un bar medio vacío e igualmente hablaron porque ella le recordaba de tiempo antes, él no. Ella demostraba que lo sabía todo de él. Me recordó, en cierto modo, a El doble, la novela ubicada en San Petersburgo con un tiempo invernal donde el autor se encuentra con su doble. Aquí no es su doble, pero lo es: es alguien íntimo como una alucinación, una contraparte, la que lo complementa, la que lo devuelve a una vida anterior, y todavía no sabemos si mejor o peor, ya iremos viendo, hay seis libros más hasta completar las 788 páginas. Ella juguetea con él, y él habla de ella y de si mismo en su monólogo interior: todo es monólogo interior donde se acogen las palabras del resto de personajes como en un recuerdo. Los diálogos con ella, muy esquemáticos. Y también digresiones sobre la nevada, algo poco importante, junto al tema de los cuadros que pinta, y sobre todo la luz, tema recurrente y mucho más profundo. Porque es uno de los hilos argumentales del libro para penetrar en lo inefable, las cosas más difíciles de contar, de describir, momentos luminosos en la vida presente que casi siempre, en esta novela, retrotraen al protagonista, el mismo autor, a momentos o sensaciones del pasado. Es el momento en que asistamos a una cierta espiritualidad, poco religiosa desde mi perspectiva española, pero en la que también se incluye algún rezo. Ella hace lo mismo contando su vida con El Músico, su compañero de vida al que echó de casa por bebedor, aunque siempre se ha estado arrepintiendo, porque con él y la música de su violín vivió momentos luminosos y felices que no volvió a recuperar. Ella se siente viuda de él, como Asle se siente viudo de Ales.

Todo esto con una prosa evocadora, sencilla, a ratos repetitiva como la de un hombre que duda en su interior, o que trata de convencerse a sí mismo de los detalles que percibe en su mente, o en su recuerdo. A veces yo mismo los siento como párrafos hipnóticos que cualquier otro despacharía con cuatro palabras, sin darle importancia, y de los que Asle, o Fosse, hace un mundo interior de búsqueda de algo más, de ese balbuceo de la palabra adecuada que no existe para una sensación que nadie a logrado nombrar, tan sólo, y como mucho, evocar a grandes rasgos. He aquí lo inefable de Jon Fosse, lo característico de su libro. ¿Que mas hace para lograrlo? Algo muy curioso como es ese juego de espejos que son todos los demás personajes respecto a Asle: unos se llaman como él (es el Tocayo), otra casi como él (Ales), otros le dan la réplica de forma que nunca se siente cómodo con ellos (Asleik)... a veces da la sensación de que son otras tantas posibilidades de hacia donde podía haberse dirigido su vida si, por ejemplo, no hubiera dejado la bebida.  El mismo autor/protagonista lo dice a veces, y es un sentimiento que lo tambalea por dentro. A veces incluye pequeños relatos como el del niño ahogado, Bard. Es otro ejemplo de duplicidad, o de doble, el del encuentro de Asle, de seis años, con Vecino. ¿Qué diferencia había entre Bard y Asle para morir o vivir? El miedo? La desobediencia? La fanfarronería? En mi opinión, la compañía de La Hermana, su hermana. Fosse se demora, repite actos pequeños, pensamientos que demoran la acción dándole una intensidad que no decae, la tensión que provoca el miedo de ella La Hermana, la rebelión de él, el giro final de esta pequeña historia de Bard y las que siguen. Se lee bien, es todo tan sencillo y a la vez tan magnético que, como un mantra, a base de repetir sensaciones con las mismas palabras o muy parecidas, empiezas a experimentar sensaciones, ideas y sentimientos de empatía más profundos hacia los personajes. Una comprensión que excusa las razones, y yo no he leído a nadie como a Fosse para lograrlo. En realidad, y creo que ahí está la clave del estilo de este libro, es una oración. Una que sale con frecuencia en los finales de cada libro, el lector que lo acabe sabrá cual.

También está el tema del arte, hay muchos momentos en los que habla de su forma de pintar, por qué lo hace, lo que siente al hacerlo. Lo que que va en cada pincelada de óleo de su personalidad. Podría decirlo de su estilo de escritura personalísima. Es muy parecido a una confesión de su espiritualidad, sea lo que sea que entendamos por este amplio concepto. Aqui me quedo con la sensación de haberme quedado corto de todo lo que se puede decir de Septologia.

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